Dulce sabor a muerte
Ice Cream Man: Eli Roth sirve una buena ración de gore, humor negro y efectos prácticos

Si uno entra en Ice Cream Man esperando sutileza, probablemente se haya equivocado de heladería.
La nueva locura de Eli Roth no intenta esconder en ningún momento cuáles son sus intenciones. Aquí hemos venido a ver sangre, miembros amputados, niños convertidos en pequeñas máquinas de matar y una cantidad de efectos prácticos suficiente para mantener ocupada durante meses a cualquier departamento de maquillaje.
Y precisamente ahí está una de las mayores virtudes de la película.
Aunque Roth firma la historia y participa en el guion, buena parte del espectáculo recae sobre el extraordinario trabajo del departamento de maquillaje y, especialmente, de los diseñadores de prótesis Steve Newburn y Adrien Morot, ganador del Oscar por The Whale. Son ellos quienes convierten muchas de las ideas más salvajes de la película en algo tangible, desagradablemente físico y, por momentos, sorprendentemente imaginativo.
Porque Ice Cream Man no escatima.
Niños desmembrando adultos, cabezas humanas utilizadas como juguetes, vísceras convertidas en improvisadas cuerdas y todo tipo de barbaridades que parecen diseñadas específicamente para provocar una combinación bastante peculiar de carcajada nerviosa y mirada de «¿acabo de ver realmente eso?».
Si esa propuesta ya os está dibujando una sonrisa, probablemente esta película sea para vosotros.
La idea llevaba rondando la cabeza de Eli Roth desde hace más de veinte años. Tras varios intentos de levantar el proyecto y después de que los grandes estudios no terminaran de apostar por una historia protagonizada por un pueblo lleno de niños transformados en asesinos homicidas, Roth decidió impulsarla a través de su propia compañía, The Horror Section.
El resultado llega además sin clasificación por edades en Estados Unidos, algo que da una pista bastante evidente del tipo de fiesta que propone.
La premisa tampoco necesita demasiadas complicaciones.
En uno de esos pequeños pueblos estadounidenses que parecen sacados de una postal de Norman Rockwell aparece un extraño camión de helados. Su conductor, silencioso, inquietante y permanentemente sonriente, comienza a repartir sus productos entre los niños del lugar.
El problema es que esos helados tienen ciertos efectos secundarios.

Poco después de probarlos, los pequeños empiezan a transformarse en criaturas inexpresivas, con los labios descoloridos y una preocupante tendencia a intentar asesinar a cualquier adulto que se cruce en su camino.
Y no precisamente de manera discreta.
A partir de ahí, Roth convierte el pueblo en un enorme patio de recreo macabro donde los niños despliegan una creatividad homicida casi admirable. La película abraza así una especie de mezcla imposible entre Children of the Corn, el cine de George A. Romero y una versión absolutamente demente de Bugsy Malone.
Su gran figura es, naturalmente, el propio Ice Cream Man.
Interpretado con inquietante serenidad por el actor canadiense Ari Millen, conocido por Orphan Black, el personaje funciona precisamente porque no necesita hacer demasiado. Su sonrisa congelada y su actitud casi cordial resultan más perturbadoras que cualquier gran discurso de villano.
Hay algo de Art the Clown en su presencia, aunque el personaje juega en otro terreno.
El Ice Cream Man no es exactamente el asesino principal de la historia. Es más bien el responsable de abrir la puerta y dejar que el caos entre.

Sus helados convierten a niños perfectamente normales en pequeños depredadores capaces de desarrollar métodos de asesinato cada vez más retorcidos. Aunque eso no significa que nuestro heladero permanezca siempre al margen. En uno de los momentos más grotescamente divertidos de la película, llega incluso a servirle a un profesor su propio cerebro dentro de un cucurucho.
Alta cocina.
Los niños, por su parte, se convierten rápidamente en el verdadero ejército del film.
Entre ellos encontramos imágenes destinadas a quedarse grabadas en la memoria del espectador, como la de una niña paseando tranquilamente por el vecindario mientras lleva la cabeza amputada de su madre como si fuera el premio conseguido en una feria.
Lo más divertido es que, pese a haberse convertido en criaturas homicidas, continúan comportándose en muchos aspectos como niños.
Siguen jugando.
Solo que ahora sus juegos incluyen cadáveres.
También intentan aumentar sus filas obligando a otros niños a comer los misteriosos helados, transformando la infección en una especie de epidemia infantil.
Todo termina desembocando en una de las grandes secuencias de la película, un prolongado ataque contra profesores y trabajadores de una escuela en el que Roth parece decidir que cualquier límite establecido anteriormente ya no tiene demasiado sentido.
Es ahí donde Ice Cream Man muestra completamente sus cartas.
La película quiere convertirse en una celebración exagerada del gore artesanal.
Y funciona especialmente bien cuando se entrega a ello.
Existe también una historia de fondo relacionada con el origen de todo lo ocurrido, explicada por un sacerdote interpretado por Benjamin Byron Davis. En ella aparecen una injusticia del pasado, una venganza y hasta la intervención de un nigromante.
Sin embargo, la mitología ocupa un segundo plano frente al verdadero motor de la película: el espectáculo visual.
Cada nueva muerte parece planteada como un pequeño desafío para el departamento de efectos prácticos.
¿Qué podemos hacer ahora?
¿Cómo podemos superar lo anterior?
¿Hasta dónde podemos llevar esta barbaridad?
La respuesta suele ser: bastante lejos.
Y en una época donde buena parte del cine de terror recurre constantemente al CGI, resulta especialmente agradable comprobar hasta qué punto Ice Cream Man apuesta por prótesis, maquillaje, sangre falsa y efectos físicos.
Hay algo deliciosamente clásico en esa decisión.
La película también llena muchos planos de pequeños detalles cómicos. Algunas muertes tienen una construcción casi de gag visual, mientras que otras imágenes aparecen discretamente en segundo plano, como un cuervo picoteando tranquilamente los ojos de un cadáver mientras la acción principal continúa.
Roth entiende perfectamente que el tono necesita humor para funcionar.
Porque tomarse todo esto completamente en serio habría sido prácticamente imposible.
El cine de terror lleva décadas jugando con la idea de los niños asesinos. Desde Village of the Damned hasta Children of the Corn, el género ha demostrado muchas veces que pocas cosas resultan más inquietantes que transformar la supuesta inocencia infantil en una amenaza.
Eli Roth parece haber decidido aceptar ese legado y preguntarse una cosa muy sencilla:
¿Y si lo llevamos todavía más lejos?
Ice Cream Man responde a esa pregunta con litros de sangre, humor macabro, imaginación desatada y un departamento de efectos especiales trabajando prácticamente sin freno.
No pretende reinventar el género ni convertirse en una reflexión profunda sobre la naturaleza humana.
Pretende divertir al público que disfruta viendo hasta dónde puede llegar una película de terror cuando abraza completamente su lado más gamberro.
Y dentro de ese terreno, funciona sorprendentemente bien.
Es grotesca.
Es excesiva.
Es absurda.
Y probablemente Eli Roth considere esas tres cosas algunos de los
mejores elogios que pueden hacerse sobre ella.
