He-Man

Masters del Universo: por el poder de Grayskull… y de la nostalgia bien entendida

«¡Por el poder de Grayskull!». Si al escuchar esas palabras has sentido cómo un rayo de nostalgia ochentera te atravesaba el pecho, puedes respirar tranquilo: esta es, por fin, la película de Masters del Universo que llevabas décadas esperando.

La historia comienza en Eternia, un mundo tan hermoso como disparatado, cubierto de flores y construido sobre una mezcla imposible entre fantasía medieval y ciencia ficción. Aquí conviven castillos, espadas y armaduras con cohetes, cíborgs y guerreros equipados con pistolas láser. No tiene ningún sentido y, precisamente por eso, funciona de maravilla.

En este lugar conocemos al joven príncipe Adam, un niño sensible al que su padre, interpretado por James Purefoy, insiste constantemente en que debe «convertirse en un hombre». Para conseguirlo, lo obliga a entrenar para el combate porque, según él, «el mundo no es lugar para los débiles». Sin embargo, cuando la familia real es atacada por el malvado Skeletor, interpretado por Jared Leto bajo varias capas de látex azul, Adam termina siendo enviado a la Tierra a través de una especie de autopista arcoíris intergaláctica que recuerda inevitablemente al Bifröst de Thor.

Adam crece convertido en un joven amable, despistado y bastante adorable, ahora con el rostro de Nicholas Galitzine. En la Tierra trabaja en Recursos Humanos, con una vida que parece sacada del manual de Clark Kent y una placa identificativa con sus pronombres, «he/him», que ya provocó la correspondiente tormenta antiwoke cuando apareció en uno de los tráileres. Sí, es un chiste. Podéis guardar las antorchas.

La buena noticia es que, a diferencia de aquella adaptación de 1987 que decidió mandar a los personajes a recorrer nuestro planeta durante casi toda la película, esta nueva versión no tarda demasiado en regresar a Eternia. Aunque la cinta reserva un simpático cameo para Dolph Lundgren, Adam recupera pronto su espada mágica, se arranca la camisa y vuelve a casa dispuesto a luchar por su reino. Como debe ser.

Después de décadas atrapado en ese temible agujero negro conocido como «infierno del desarrollo», Masters del Universo ha terminado cayendo en las manos adecuadas. Travis Knight, director de Bumblebee, entiende perfectamente qué clase de película tiene entre manos. Mientras otros reinicios parecen empeñados en convertir cualquier personaje colorido en el protagonista atormentado de un drama gris, aquí todo brilla con los colores radiactivos de unos cereales de desayuno prohibidos por media Unión Europea.

La película abraza sin vergüenza la locura de la serie original y llena la pantalla de personajes que parecen haber escapado directamente de una caja de juguetes. Ahí están Ram-Man, interpretado por Jon Xue Zhang, o Fisto, al que da vida Jóhannes Haukur Jóhannesson y cuyo nombre, según explica la propia película, se debe a que «golpea a la gente con el puño». Aunque la explicación original es bastante menos elegante. Y sí, la intención es que nos riamos.

El tono cómico queda perfectamente representado por sus dos protagonistas. Por un lado tenemos a Galitzine, cuya versión de He-Man combina músculos, dulzura y una ausencia casi total de agresividad. Su imagen recuerda a aquellos carteles ochenteros de hombres hipermusculados sosteniendo bebés con inesperada ternura.

En el extremo contrario se encuentra el Skeletor de Jared Leto, un villano carcajeante, excesivo y deliciosamente camp, que habla con acento británico mientras se pasea por Eternia luciendo una máscara de esqueleto verdaderamente intimidante. Su obsesión con He-Man alcanza niveles gloriosamente ridículos cuando confiesa que desea hacerse con «esa espada grande y larga que cuelga entre tus gloriosos muslos».

La película abraza sin complejos ese tono cercano a The Rocky Horror Picture Show, con la Evil-Lyn de Alison Brie ejerciendo prácticamente como la Magenta del Frank-N-Furter esquelético de Leto. No intenta disimular su teatralidad. Al contrario, la convierte en una de sus principales armas.

Camila Mendes también destaca como Teela, una guerrera fuerte y carismática que no necesita que nadie le explique cómo manejar una espada. Idris Elba, por su parte, encaja perfectamente como su padre, Duncan, el legendario Man-At-Arms encargado de ayudar a Adam a descubrir qué significa realmente convertirse en un hombre.

Porque, como sucedía en la serie de animación original, la película no renuncia a incluir una pequeña enseñanza bajo toda esa montaña de músculos, láseres y golpes con efectos de sonido. El guion no alcanza la inteligencia o la profundidad de Barbie, la otra gran producción cinematográfica de Mattel, pero sí podría entenderse como una especie de equivalente masculino.

La película ofrece un mensaje sincero y oportuno sobre la masculinidad, planteando que ser un hombre no consiste en ser más fuerte, violento o dominante que los demás. Una respuesta directa, aunque nunca demasiado solemne, a la toxicidad de ciertos discursos nacidos en las cloacas de la manosfera. Eso sí, sin renunciar a una cantidad muy saludable de puñetazos, explosiones y villanos atravesando paredes.

El broche de oro lo pone la espectacular banda sonora de rock y sintetizadores compuesta por el británico Daniel Pemberton, responsable también de Project Hail Mary, en colaboración con Brian May, guitarrista de Queen. Una música épica, pegadiza y completamente entregada al espíritu del espectáculo, capaz de conseguir que abandones la sala tarareando el tema principal mientras buscas en internet cuánto cuesta una réplica de la espada de Grayskull.

Y conviene permanecer en la butaca durante los créditos porque Eternia todavía tiene muchas batallas por delante.

Preparad las monturas y ensillad a los Battle Cat. Habrá secuela.



Por Manu G Carrasco.

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